“Habitar la biblioteca o amar lo común: el libro y la palabra como territorios de encuentro”. La charla que la Escuela de Literatura propuso con la poeta y narradora cubano-ecuatoriana Liset Lantigua se dio en el marco del Día del Amor y la Amistad y también como una sesión especial del Diplomado en Mediación de la Lectura.
Tuvo lugar el 14 de febrero de 2026 de manera virtual y constituyó una invitación a pensar la biblioteca como un lugar vivo donde se construyen comunidad, afectos y experiencias compartidas a través de la lectura, la conversación y la escritura.
Máster en Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en Literatura Infantil y Juvenil, Lisette Lantigua ahondó con Solange Rodríguez, directora de la Escuela de Literatura, en pensar la biblioteca universitaria no solo como un espacio de resguardo documental y de acceso a los recursos académicos, sino como el lugar que articula formas de convivencia intelectual y afectiva en torno al libro y la palabra.
Territorio de confluencias de saberes y experiencias
Habitar la biblioteca implica reconocerla como territorio de confluencias de saberes y experiencias, donde la lectura, la conversación y la escritura configuran prácticas que fortalecen lo común y la idea de comunidad. A partir de esta perspectiva, se reflexionó sobre el papel de la biblioteca en el diálogo interdisciplinario, la circulación democrática del conocimiento y la creación de vínculos culturales con el libro y la palabra compartida como mediadores para la formación crítica, la imaginación colectiva y la construcción de comunidad.
En el enfoque de una biblioteca universitaria no solo es pertinente la construcción de espacios para el afecto y la autoformación, que es la que nos permite estar por fuera de cualquier proceso evaluativo y más bien conectar con nuestras necesidades y nuestros intereses auténticos y con unas formas, un fluir de la comunicación mucho más humano y enriquecedor, dijo Solange Rodríguez y preguntó a la ponente “¿por qué esto tiene que ser medular?”.
Lisette Lantigua respondió que no solo es pertinente y refirió estar a cargo de la Biblioteca de la Universidad de las Américas (UDLA) con un pequeño equipo de colegas y una estructura que está también convencida del enfoque que le han dado a ese repositorio desde el año 2022.
Anotó, además, que ha tenido la inmensa fortuna de estar en diferentes bibliotecas. “Durante un tiempo trabajé en una biblioteca especializada en libro infantil y juvenil en la mitad del mundo. Esta biblioteca estaba dentro de la Unión Suramericana de Naciones de la UNASUR, que luego se quedó suspendida para el Ecuador o el Ecuador salió. El caso es que la biblioteca ocupó un espacio que inicialmente seguro no estuvo contemplado para ello, pero decidieron convertirlo en biblioteca y entonces entré yo a hacer observaciones o opinar acerca de cómo íbamos a configurar ese proyecto”.
Un lugar de encuentro con rol social y cultural
¿Qué puedo decirles de esa experiencia y por qué la traigo a colación?, se preguntó y respondió: “Porque yo creo que, en esencia, lo que define a la biblioteca es exactamente lo mismo sea cual sea la biblioteca. Si no es un lugar de encuentro estamos desaprovechando la posibilidad de entender su rol social y cultural y eso trae consecuencias”.
Es importante entender el contexto histórico de las bibliotecas en nuestro país para abordar los problemas de lectura y escritura. Sin esta comprensión, no podemos generar cambios ni reflexiones útiles, precisó. “No hay fuerzas políticas o administrativas que puedan reemplazar la necesidad de análisis y crítica. La lectura en Ecuador no se puede evaluar sin considerar su estructura fundamental y su origen. Muchas veces se analizan situaciones sin tener en cuenta su contexto, lo que lleva a conclusiones erróneas sobre nuestra cultura e identidad. Es necesario desmontar esta perspectiva para avanzar hacia un entendimiento más completo”.
Lisette Lantigua también compartió su experiencia de trabajo en la Red Metropolitana de Bibliotecas, un espacio diferente en el que se encontró con otra dimensión de esa realidad. Fue difícil porque hay muros, hay dificultades que permanecen en el tiempo y se van traspasando de una manera y se normalizan. Pese a ello, contó con una pues red de funcionarias que entendieron el punto y le permitieron hacer pequeños avances. Ahora en una biblioteca universitaria, la expositora compartió que es un espacio que tiene una conexión con el currículum, con los objetivos académicos institucionales “y es un espacio en el que aparentemente ya todo está conseguido”.
Lugar de lo común que nos acerca
La biblioteca, como un espacio, es también el lugar de lo común y cuando hablamos de lo común vamos a eso que nos acerca, eso que puede a veces no ser tan evidente porque vamos con prisa o porque hemos establecido otro tipo de orden en nuestro tiempo personal, en nuestras prioridades, o porque ni siquiera tenemos un orden.
Cuando la biblioteca procura construir comunidad, a menudo también atrae a público externo, porque aquí, especialmente en Ecuador, sabemos, la relación con la biblioteca como espacio es casi nula y hay cierta intimidación. “La universidad ya interpone una especie de distancia, de separación, y creemos que si es una universidad privada no tengo derecho a acercarme, me dejarán entrar, hay determinados controles que hacen que esto sea incómodo, pero la realidad es que son espacios públicos”.
Una biblioteca universitaria, sea esta pública o una privada, es un espacio público y tiene que poder servir a la comunidad. Tener público externo, inclusive, tiene hasta la posibilidad de inscribir a usuarios externos y de brindarles servicios similares a los que les brinda a su comunidad interna.
Es posible trabajar en la promoción de la lectura y en la construcción de comunidades mediante interacciones reales con los libros y las obras. Se debe buscar que la promoción de la lectura sea efectiva, usando la experiencia de mostrar los libros como una oportunidad para llegar a ellos.
De la expositora
Liset Lantigua Su obra ha recibido reconocimientos como Lista de Honor IBBY por su novela “Y si viene la guerra” (Grupo Editorial Norma, 2006; LuaBooks, 2018), y el Premio Nacional de Novela Darío Guevara Mayorga por “Contigo en la luna” (Grupo Editorial Norma, 2009), por “Me llamo Trece” (Alfaguara, 2013) y por “Todo a punto de estallar” en Puerto Betún (Loqueleo, 2024).
Entre otros libros suyos están “Ahora que somos invisibles”, “Quiero ese beso”, “Mi casa no es un naufragio”, “Los trenes se demoran” y “Estas son mis manos”.
La escritora coordinó la Red Metropolitana de Bibliotecas de Quito y ahora dirige la biblioteca de la Universidad de Las Américas, UDLA – Ecuador.
Texto: Carmen Cortez/Dircom. Fotos: captura de pantalla de la charla virtual.